Mucho se habla de Bad Bunny y de su presentación en el Super Bowl 2026, un evento que le interesa más a los gringos que a los hispanos, pero en esta ocasión se le quiso dar un toque “latino” bailando salsa y mostrando banderitas de los países de habla hispana. Hasta ahí llega todo lo bueno, porque el principal representante de una industria decadente que sólo quiere tu plata empezó a “cantar” provocando curiosidad en los gringos y muerte de neuronas en sus fans.
Nunca imaginé escribir sobre este personaje y todo el revuelo mediático que generó tras recibir su Grammy al “mejor álbum del año” y presentarse posteriormente en el citado evento que mueve fortunas y es visto en vivo por más de dos millones de personas. Porque lo suyo no es música, es marketing. La industria musical lo presenta como ejemplo de “masculinidad no tóxica”, mientras sus canciones cosifican de manera descarada a la mujer, mientras balbucea delante de un micrófono para ser luego editado con abundante autotune. Y todo para que miles de jóvenes lo bailen mientras se pegan una bomba, inconscientes de los mensajes que transmiten sus composiciones.
No voy a poder olvidar aquélla noche de 2023, cuando una fan quiso tomarse un selfie con él mientras caminaban y él le arrebató el celular y se lo arrojó al agua. Encima se declara anticapitalista, pero gran parte de sus millonarias inversiones están en un país capitalista. Al mismo tiempo, le sigue el relato a los del Partido Demócrata declarándose a favor de los indocumentados que entran en el país que le hace ganar millones de dólares, despotricando contra los agentes de ICE, sin importar lo cuestionables o no que sean sus métodos de detención, o los bloqueos a sus intervenciones llevados a cabo por activistas progresistas.
El hecho de que este boricua se vea acompañado de Ricky Martín o Lady Gaga, según mi interpretación, es para que los gringos lo conozcan y se animen a hablar algo de español, aunque nadie entienda los sonidos que salen de su boca. Me hace recordar a Cantinflas (salvando las grandes distancias) cuando actuó en la película “La vuelta al mundo en 80 días” (1956) acompañado por 44 estrellas de su tiempo (Frank Sinatra, Marlene Dietrich, Buster Keaton, Peter Lorre, entre otros) para ser lanzado a la fama en Estados Unidos, pero nunca más volvió a trabajar en Hollywood.
Ante todo esto es inevitable preguntarse “¿Qué te pasó, mundo?” después de oír una sola de sus canciones, cualquiera que se te venga a la mente. La industria que lo promueve sabe de psicología y sólo quiere tu dinero sin importarle los efectos que genera en el inconsciente colectivo: acosos, sexo irresponsable, violaciones, patanería, infidelidades, vulgaridad, malos modales, etc. Ni hablar de la nula calidad de su obra frente a titanes de la música comercial hispana como Luis Miguel, Jorge Drexler, Juanes, Gianmarco, entre otros.
Compararlo con la revolución mediática que impuso el rey del pop Michael Jackson en el Super Bowl de 1993, equivale a que un borracho acostumbrado a los piques compita contra Michael Schumacher. Así que, por favor, si quieres cultivar tu intelecto con la música, escucha a Mozart; si quieres tener buen oído comercial escucha a AC/DC; si quieres mover el trasero con una buena salsa escucha a Celia Cruz; y si quieres meditar en una iglesia escucha los cantos gregorianos. Porque escuchar a este “Conejito Malo” es como comer pizza con setas venenosas.