Mucha gente sabe que el Oscar ya no entusiasma como antaño, pues los años 50 se terminaron antes de que muchos de nosotros naciéramos, que muchos talentos de la dirección, de la actuación o de los aspectos técnicos y artísticos fueran injustamente ignorados frente a otros premiados que nadie recuerda hoy, o que la deriva ideológica de los miembros de la Academia sea cada vez más notoria y menos objetiva. Los últimos 10 años son prueba irrefutable de ello, pese a la presión del marketing, de la crítica pseudo especializada y de las declaraciones políticas de los protagonistas de cada superproducción que sólo persigue tu dinero haciéndote creer que hacen arte.
El ejemplo más notorio de todo lo anterior es la premiada Una batalla tras otra, un pastiche satírico e indulgente hacia el terrorismo de tipo guerrillero guevarista en un país donde la autoridad es caricaturizada y hasta ridiculizada. Técnicamente es un producto impecable con persecuciones bien filmadas, (sobre todo la última, en la carretera), pero artísticamente se queda en el intento de ser humana. Al fin y al cabo, los terroristas también tienen sentimientos (parece que no así las víctimas de sus atentados, según la película, porque todos en ella son invisibilizados).
Paul Thomas Anderson fue premiado como mejor director por este filme, aunque no sea su mejor trabajo. Más bien se siente como un reconocimiento tardío (no vaya ser que se retire del cine o fallezca antes de tiempo, provocando una nueva vergüenza en la Academia). Algo similar a Martín Scorsese con Los infiltrados, frente a obras maestras como Taxi Driver, Toro salvaje o Buenos muchachos. De la misma forma, Anderson tiene grandes películas como Magnolia, Petróleo sangriento o El hilo fantasma. Todas ellas se ven mejor que esta inconclusa sátira de la violencia guerrillera.
Leonardo DiCaprio se ve casi risible en su papel de envejecido “terruco” cuya performance parece querer imitar la de Edward Norton en El club de la pelea, en su escape antes del enfrentamiento final. Benicio del Toro aparece con su típica expresión estándar de latino cínico, desilusionado y pícaro que ya vimos en Tráfico y Sicario. Sean Penn (ya mayor) es el típico militar de mente parametrada y racista que desprecia a todos los que tienen un pequeño rastro de mestizaje. Un personaje frío, patético y caricaturesco que evidencia la orientación política del guión, y su muerte lo deja en evidencia.
El abundante lenguaje grosero, las alusiones constantes a partes íntimas, felaciones, violaciones y paternidad irresponsable dejan en exhibición una galería de personajes inmaduros, cínicos, egoístas y carentes de consideración o inspiración. La película debería llamarse Una vicisitud tras otra, pues lo noble, épico y solidario brillan por su ausencia frente a lo puramente instintivo. Hasta la desastrosa Calabozos y dragones (2000) con su bufonesco Jeremy Irons tiene más idealismo frente a esta historia sucia y nada estimulante.
En otras palabras, Una batalla tras otra es producto de una época donde el cine de Hollywood, pese a toda su maquinaria multimillonaria, perdió su capacidad de conectar con los corazones de las audiencias y sólo persigue dinero o auto-reconocimientos. Eso es resultado de encorsetar la libertad creativa bajo reglas cuya consecuencia directa son más bien productos que hacen preguntarse por qué le dan el premio a filmes que el público no va a ver con entusiasmo. La misma pregunta se podría plantear a la hora de dar tantas nominaciones a pretenciosas y mugrientas historias de vampiros afroamericanos como es Los pecadores.
Al menos no todo está perdido: el agradecimiento de la premiada actriz Jesse Buckley y su aprecio por la maternidad junto a su esposo, y el premio a mejor actor para el talentoso Michael B. Jordan, el popular Adonis de Creed 1 y 2 (en la práctica Rocky 7 y 8) y Kilmonger en Pantera Negra, frente a Timothée Chalamet y su descarado desprecio por la ópera y el ballet, bien ironizado por el presentador Conan O'Brien y recordado por los fans de Tom “Spiderman” Holland danzando solos de ballet. ¡Ubícate, Paul Atreides!
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