miércoles, 29 de julio de 2026

¿Fujimori nunca más?



“No hay muertos en política”, dice el refrán. La excepción a esa frase es cuando los muertos están a tres metros bajo tierra. La mencionada metáfora se aplica a quienes deciden retirarse de la política activa por un tiempo, incluso sin estar trabajando para el Estado o en un cargo de elección popular. Eso se aplicaría perfectamente para explicar el regreso de Keiko Fujimori a las elecciones peruanas en las que triunfó después de tres derrotas consecutivas. Fue primera dama tras el divorcio de sus padres, congresista, presidente de Fuerza Popular (el partido que construyó) y ahora flamante Presidente de la República. Y la primera elegida democráticamente.


Con ella, surge la tercera dinastía en la historia peruana que consigue llegar hasta la más alta magistratura del Estado. La primera fue la del economista limeño Manuel Pardo y Lavalle (1872-1876) y su hijo, el abogado José Pardo y Barreda (1904-1908 y 1915-1919). La segunda fue la del militar huanuqueño Mariano Ignacio Prado Ochoa (1865-1868 y 1876-1979) y su hijo, el ingeniero civil Manuel Prado y Ugarteche (1939-1945 y 1956-1962). Alberto Fujimori (1990-2000), ingeniero agrónomo e hijo de emigrantes japoneses, inició la citada tercera dinastía contra todos los pronósticos, pues muchos decían que su hija Keiko siempre sería derrotada por cualquier candidato.


Es de sobra conocido para todos los peruanos la manera como Keiko construyó su partido político sobre las ruinas del controvertido gobierno de su padre, al igual que la actuación de su bancada durante el período 2016-2019 (un quinquenio truncado por el golpe de Estado de Martín Vizcarra), y especialmente el ensañamiento judicial y mediático que padeció, con tres ingresos en prisión preventiva por lavado de activos que la tuvieron bajo encierro durante casi un año y medio sin una acusación fiscal y con una fiscalía exhibiendo una actuación política bastante sesgada y cuestionable.


Cualquier otro político o candidato habría “tirado la toalla” y regresado al ejercicio de su carrera u oficio. Pero esta mujer perseveró contra todos los ataques, acusaciones, denuncias, cuestionamientos, persecuciones y traiciones (al estilo Juego de Tronos). Y la perseverancia, el aprendizaje de los errores, la cabeza fría y la disciplina partidaria dieron como resultado un triunfo histórico que ahora esperamos pueda dar frutos de desarrollo y bienestar para la población general, sobre todo por el perfil técnico del gabinete de Luis Galarreta.


Alberto Fujimori no vivió para ver este momento, pero muchos de sus compatriotas honraron su memoria asistiendo masivamente a su sepelio como muestra de agradecimiento por las grandes obras emprendidas para salvar el país y reflotarlo económicamente (aquí el enlace con mi reflexión personal: https://pandeazucarperu.blogspot.com/2024/09/agradecimiento-eterno.html?m=1). Su muerte, el cambio de rumbo político en Estados Unidos, la denuncia del fraude electoral en primera vuelta contra Rafael López Aliaga y el descenso del antifujimorismo en una nueva generación de electores llevaron a que Keiko se alzara con la victoria frente al comunista Roberto Sánchez. Hay que hacer una breve digresión sobre esto último.


Este candidato se presentó como el heredero del golpista y convicto Pedro Castillo, presentándose como un hombre del pueblo y con sombrero de campesino chotano, pese a residir en un distrito limeño de clase media, haber trabajado como congresista y ministro durante su lamentable gobierno. Llevó como compañero de campaña a Antauro Humala (hermano del ex presidente Ollanta), un ex convicto de ideas racistas de extrema izquierda condenado por matar a 4 policías durante un intento de golpe de Estado en Andahuaylas (Ayacucho) en enero de 2003. Nunca felicitó a Keiko por su triunfo (al igual que el candidato colombiano Iván Cepeda a Abelardo De la Espriella) y encima su bancada se comportó con actitud irrespetuosa frente a las representaciones internacionales presentes en el hemiciclo del Congreso. Con estas muestras de actitud y mal comportamiento, han demostrado tener amor por el poder y los chicharrones y no por el pueblo, a quien dicen representar.


A Keiko le espera un gobierno que le obliga a negociar con otras bancadas para sacar adelante sus proyectos y bastante paciencia para resistir los misiles de la izquierda caviar y de la más cavernaria, aunque de todo eso ya desarrolló cuero de chancho. Mientras tanto, todos los que la atacaron lloran de rabia, vociferan epítetos o ahora la tratan con educación, como si hubieran tenido una experiencia similar a San Pablo en el camino de Damasco. Conductas así para conseguir un puesto estatal van a ser muy difíciles en la práctica, pues ahora es más importante trabajar “por las próximas generaciones y no por las próximas elecciones” (palabras de su discurso de toma de mando).


¡Felices fiestas patrias!

miércoles, 22 de julio de 2026

Cómo saber perder

España ganó su segundo mundial de fútbol después de 16 años. Un triunfo que consolida a la selección ibérica como una de las más destacadas de Europa después de décadas de dominio alemán, francés e italiano. Eso, sin dejar de mencionar los méritos de otras selecciones, como la Inglaterra de Harry Kane y su merecido tercer lugar en este campeonato, al igual que la Noruega de Erling Haaland y la sorpresa más inesperada: Cabo Verde. Independientemente de la controversia sobre el trabajo de los árbitros, el uso del VAR o el favoritismo hacia ciertos equipos o jugadores, el torneo congregó lo mejor del balompié y también la despedida de varias estrellas como Lionel Messi, Cristiano Ronaldo y Luca Modric. Pero a pesar de todo lo anteriormente dicho, hubieron episodios lamentables que fueron protagonizados por jugadores y por hinchas que demostraron no tener respeto, educación ni civismo a la hora de jugar o de relacionarse con el equipo contrincante.


Por ejemplo, parte de la hinchada mexicana perturbó a la selección ecuatoriana poniendo música en volumen alto y reventando pirotécnicos frente a su hotel para no dejarlos dormir y perjudicar así su rendimiento en el partido donde ambos equipos se iban a medir. No olvidemos que parte de la afición peruana hizo lo mismo en Lima frente al hotel Marriott de Miraflores un día antes del 15 de noviembre de 2017. En ese lugar estaba hospedada la selección de Nueva Zelanda. Perú clasificó a un mundial de fútbol después de 36 largos años, pero malos elementos de la hinchada recurrieron a la misma sucia estrategia psicológica de los mexicanos con su contrincante. Al final, incluso con las jugadas de Paolo Guerrero y André Carrillo, y la dirección técnica de Ricardo “el tigre” Gareca, su desempeño fue muy pobre durante ese torneo. Ni mencionar el penal al cielo de Christian Cueva.


Los actos de vandalismo, acoso y agresión llevados a cabo por hinchas de escasa educación quedaron registrados en numerosos videos de las redes sociales. Y eso no se limitó a México. Francia sufrió lo mismo, aunque su situación se remonta a varios años, gane o pierda en cualquier campeonato. Es como si el hooliganismo hubiera creado escuela y exportado a otros países. Aquí es donde la experiencia colectiva y el compartir triunfos o fracasos deja de ser algo que deja lecciones positivas para la posteridad y se convierte en pretexto para la violencia más vehemente y estúpida, especialmente la que provoca muertes. Por eso comprendo a quienes detestan el fútbol, empezando por la Reina Victoria del Reino Unido, que lo calificó de “deporte de rufianes”. Claro, tampoco hay que caer en fanatismos porque el fútbol es un deporte de contacto y no una religión, aunque muchos la consideren como tal en los hechos.


El caso de Argentina es de otro lote, porque es de sobra conocida la actitud soberbia de muchos blanquicelestes. Si ganan, se burlan del perdedor diciendo “así es el juego’ y si pierden se victimizan o insultan, criticando la celebración de los ganadores. Cuando Alemania derrotó a Argentina en la final de Brasil 2014, consiguiendo así su cuarto triunfo en un mundial, los teutones celebraban bailando erguidos y también encorvados para representar a los gauchos derrotados. En consecuencia, un periodista radial llamado Víctor Hugo Morales los tildó de “nazis asquerosos”. ¿Qué hubiera pasado si los albicelestes hubieran sido derrotados 7 a 1 como le pasó a Brasil en ese torneo? 


Ahora España toca el cielo por segunda vez en su historia futbolística y buena parte de los argentinos demostraron actitudes de patanería, carentes de profesionalismo y un comportamiento que deja mucho que desear. Los gestos de violencia en la cancha, especialmente de Leandro Paredes y del entrenador gaucho tras el pitazo final, el quitarse la medalla de plata por parte de algunos jugadores después de haberla recibido (no es la primera vez que lo hacen) y el gesto de dar la espalda a los recién condecorados ganadores, revelan una actitud carente del más mínimo respeto y educación. Es como si lo único que importara en la vida es obtener una copa dorada, incluso con juego sucio, matonesco y provocador. Eso no es propio de una selección educada. Por eso se han ganado el rechazo de mucha gente y de ahí mi impresión de que las lágrimas de Messi no fueron solamente por morder el polvo de la derrota.


Podría concluir esta reflexión recordando un artículo que escribí hace ocho años acerca de la modestia y profesionalismo que llevó al citado triunfo de Alemania (aquí el enlace: https://pandeazucarperu.blogspot.com/2014/07/por-que-alemania-gano-el-mundial-de.html?m=1) y por ello creo que es imprescindible que Argentina ponga eso en práctica si quiere recuperar el respeto de la opinión pública tras este lamentable comportamiento en la final. El respeto es algo que no viene poniéndose una camiseta, alentando a una selección o jugando de manera deshonesta. Eso se gana sabiendo trabajar reconociendo méritos ajenos, identificando falencias y corrigiendolas, soportando frustraciones y no confiando en triunfos que no necesariamente cumplen con lo vaticinado. Hay muchos ejemplos históricos que ilustran esa idea.


Por lo pronto, mis felicitaciones a la selección española, al héroe Ferrán Torres (como lo fue Andrés Iniesta hace 16 años), al paciente y educado entrenador Luis De la Fuente y a cada miembro de la selección ibérica. Tuvieron un desempeño impecable, una fe que los motivó a luchar sin desanimarse y se ganaron el apoyo y cariño de millones de aficionados en todo el globo. Es momento de celebrar y desde esta tribuna de opinión me sumo a ello. ¡Salud, España!