España ganó su segundo mundial de fútbol después de 16 años. Un triunfo que consolida a la selección ibérica como una de las más destacadas de Europa después de décadas de dominio alemán, francés e italiano. Eso, sin dejar de mencionar los méritos de otras selecciones, como la Inglaterra de Harry Kane y su merecido tercer lugar en este campeonato, al igual que la Noruega de Erling Haaland y la sorpresa más inesperada: Cabo Verde. Independientemente de la controversia sobre el trabajo de los árbitros, el uso del VAR o el favoritismo hacia ciertos equipos o jugadores, el torneo congregó lo mejor del balompié y también la despedida de varias estrellas como Lionel Messi, Cristiano Ronaldo y Luca Modric. Pero a pesar de todo lo anteriormente dicho, hubieron episodios lamentables que fueron protagonizados por jugadores y por hinchas que demostraron no tener respeto, educación ni civismo a la hora de jugar o de relacionarse con el equipo contrincante.
Por ejemplo, parte de la hinchada mexicana perturbó a la selección ecuatoriana poniendo música en volumen alto y reventando pirotécnicos frente a su hotel para no dejarlos dormir y perjudicar así su rendimiento en el partido donde ambos equipos se iban a medir. No olvidemos que parte de la afición peruana hizo lo mismo en Lima frente al hotel Marriott de Miraflores un día antes del 15 de noviembre de 2017. En ese lugar estaba hospedada la selección de Nueva Zelanda. Perú clasificó a un mundial de fútbol después de 36 largos años, pero malos elementos de la hinchada recurrieron a la misma sucia estrategia psicológica de los mexicanos con su contrincante. Al final, incluso con las jugadas de Paolo Guerrero y André Carrillo, y la dirección técnica de Ricardo “el tigre” Gareca, su desempeño fue muy pobre durante ese torneo. Ni mencionar el penal al cielo de Christian Cueva.
Los actos de vandalismo, acoso y agresión llevados a cabo por hinchas de escasa educación quedaron registrados en numerosos videos de las redes sociales. Y eso no se limitó a México. Francia sufrió lo mismo, aunque su situación se remonta a varios años, gane o pierda en cualquier campeonato. Es como si el hooliganismo hubiera creado escuela y exportado a otros países. Aquí es donde la experiencia colectiva y el compartir triunfos o fracasos deja de ser algo que deja lecciones positivas para la posteridad y se convierte en pretexto para la violencia más vehemente y estúpida, especialmente la que provoca muertes. Por eso comprendo a quienes detestan el fútbol, empezando por la Reina Victoria del Reino Unido, que lo calificó de “deporte de rufianes”. Claro, tampoco hay que caer en fanatismos porque el fútbol es un deporte de contacto y no una religión, aunque muchos la consideren como tal en los hechos.
El caso de Argentina es de otro lote, porque es de sobra conocida la actitud soberbia de muchos blanquicelestes. Si ganan, se burlan del perdedor diciendo “así es el juego’ y si pierden se victimizan o insultan, criticando la celebración de los ganadores. Cuando Alemania derrotó a Argentina en la final de Brasil 2014, consiguiendo así su cuarto triunfo en un mundial, los teutones celebraban bailando erguidos y también encorvados para representar a los gauchos derrotados. En consecuencia, un periodista radial llamado Víctor Hugo Morales los tildó de “nazis asquerosos”. ¿Qué hubiera pasado si los albicelestes hubieran sido derrotados 7 a 1 como le pasó a Brasil en ese torneo?
Ahora España toca el cielo por segunda vez en su historia futbolística y buena parte de los argentinos demostraron actitudes de patanería, carentes de profesionalismo y un comportamiento que deja mucho que desear. Los gestos de violencia en la cancha, especialmente de Leandro Paredes y del entrenador gaucho tras el pitazo final, el quitarse la medalla de plata por parte de algunos jugadores después de haberla recibido (no es la primera vez que lo hacen) y el gesto de dar la espalda a los recién condecorados ganadores, revelan una actitud carente del más mínimo respeto y educación. Es como si lo único que importara en la vida es obtener una copa dorada, incluso con juego sucio, matonesco y provocador. Eso no es propio de una selección educada. Por eso se han ganado el rechazo de mucha gente y de ahí mi impresión de que las lágrimas de Messi no fueron solamente por morder el polvo de la derrota.
Podría concluir esta reflexión recordando un artículo que escribí hace ocho años acerca de la modestia y profesionalismo que llevó al citado triunfo de Alemania (aquí el enlace: https://pandeazucarperu.blogspot.com/2014/07/por-que-alemania-gano-el-mundial-de.html?m=1) y por ello creo que es imprescindible que Argentina ponga eso en práctica si quiere recuperar el respeto de la opinión pública tras este lamentable comportamiento en la final. El respeto es algo que no viene poniéndose una camiseta, alentando a una selección o jugando de manera deshonesta. Eso se gana sabiendo trabajar reconociendo méritos ajenos, identificando falencias y corrigiendolas, soportando frustraciones y no confiando en triunfos que no necesariamente cumplen con lo vaticinado. Hay muchos ejemplos históricos que ilustran esa idea.
Por lo pronto, mis felicitaciones a la selección española, al héroe Ferrán Torres (como lo fue Andrés Iniesta hace 16 años), al paciente y educado entrenador Luis De la Fuente y a cada miembro de la selección ibérica. Tuvieron un desempeño impecable, una fe que los motivó a luchar sin desanimarse y se ganaron el apoyo y cariño de millones de aficionados en todo el globo. Es momento de celebrar y desde esta tribuna de opinión me sumo a ello. ¡Salud, España!
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