martes, 7 de agosto de 2018

Ante la corrupción, regeneración moral


Debido a la actual situación nacional envuelta en un estado de indignación generalizada por los últimos escándalos de corrupción judicial destapados por los audios propalados por la ONG IDL Reporteros, y las consiguientes medidas tan comprensibles como populistas propuestas por el Presidente Martín Vizcarra en su mensaje a la nación por las fiestas patrias de 2018, desde este blog expreso mi opinión declarando lo siguiente:


La corrupción es un mal endémico que ha penetrado la mayor parte de la estructura del Estado y el recibir dádivas, coimas o prebendas para quedar bien ante quien te la ofrece para no sufrir gestos de desprecio, amenazas o represalias por denunciarla o rechazarla requiere de un espíritu fuerte, disciplinado y convencido tras haber recibido una formación que ayude a discernir correctamente lo bueno de lo malo, sin caer en posturas relativistas o “excepciones” por el mero trato profesional o amical.


Las reformas judiciales se han llevado a cabo desde hace casi cinco décadas y casi siempre fracasaron por estar empapadas de tinte político a la hora de ser manejadas por grupos de poder y operadores del Derecho alineados con el discurso político imperante de cada época. Por eso, estamos convencidos que la reforma del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) pasa no sólo por sus integrantes, sino esencialmente por su estructura para que sea acorde al sistema de justicia italiano del cual se inspira, pero sin estar distorsionado por razones de “autonomía”, “representación de la sociedad civil”, entre otros argumentos que sólo perpetúan la situación de compadrazgo, hermandad, colusión, blindaje y consecuente impunidad que son totalmente inaceptables.


Por supuesto, las personas forman parte de las reformas y de las instituciones a fortalecerse. Sin embargo, dichos objetivos no se podrán lograr sin una urgente regeneración moral que nuestra sociedad requiere y que involucran a las familias, los colegios, las iglesias, las universidades, las empresas y a todos los grupos de la sociedad a actuar en conjunto, independientemente de sus diferencias. Lo que hace grande a una sociedad son sus valores humanos que se practican desde el hogar, pero mejor aún si son cristianos, pues éstos van a la raíz de la naturaleza humana, involucrando así la dimensión trascendente del espíritu de cada ser humano. Ello inspira a actuar buscando hacer todo nuevo para la restauración de la civilización y la instauración de un orden que sea verdaderamente justo, pero también ajeno a todo tipo de injerencia ideológica, política y también económica.


La ley del más rico, del más vivo, del más fuerte se sigue aplicando como parte de la cultura de la viveza y eso es consecuencia no sólo de la penosa situación de la educación pública peruana, sino también de la tolerancia la corrupción que la “pendejada” genera y que nos asemeja a quienes elegimos en cada proceso electoral. En cada uno está parte de la responsabilidad de actuar con firmeza, honestidad y eficiencia para que nuestro país salga del estancamiento en el que se encuentra por esa actitud de mediocridad, doble rasero, irrespeto y mentira que aceptamos por ser parte de nuestra vida cotidiana. En cada uno está el motor del cambio, pues del corazón del hombre se conocen las consecuencias de sus acciones. Algo que sólo Dios conoce y ante quien rendiremos cuentas después de la muerte.


Finalmente, la población de un país en vías de desarrollo no debe caer en la tentación facilista de patear el tablero bajo la consigna “¡Que se vayan todos!”, que se cierre el Congreso, nuevas elecciones o propuestas populistas que buscan el aplauso fácil por parte de las altas autoridades o de las cuales se quieren aprovechar ciertas fuerzas políticas. Actuar con sensatez y con respeto a la Constitución y a las leyes, en situaciones de crisis, es el mayor reto de toda autoridad, y el tender puentes con la oposición practicando un diálogo alturado es gesto propio de estadistas. Algo de lo cual carece nuestra clase política y por lo cual es necesario que los cristianos en general, y los católicos en particular, están llamados a contribuir, especialmente los más experimentados e instruidos en el ámbito profesional, siempre y cuando se excluya de manera firme esa actitud cobarde de dejar la fe “para las sacristías”. Porque, como bien lo dijo Santo Tomás Moro, “el hombre no puede ser separado de Dios, ni la política de la moral”.