lunes, 16 de marzo de 2026

Una estatuilla tras otra


Mucha gente sabe que el Oscar ya no entusiasma como antaño, pues los años 50 se terminaron antes de que muchos de nosotros naciéramos, que muchos talentos de la dirección, de la actuación o de los aspectos técnicos y artísticos fueran injustamente ignorados frente a otros premiados que nadie recuerda hoy, o que la deriva ideológica de los miembros de la Academia sea cada vez más notoria y menos objetiva. Los últimos 10 años son prueba irrefutable de ello, pese a la presión del marketing, de la crítica pseudo especializada y de las declaraciones políticas de los protagonistas de cada superproducción que sólo persigue tu dinero haciéndote creer que hacen arte.

El ejemplo más notorio de todo lo anterior es la premiada Una batalla tras otra, un pastiche satírico e indulgente hacia el terrorismo de tipo guerrillero guevarista en un país donde la autoridad es caricaturizada y hasta ridiculizada. Técnicamente es un producto impecable con persecuciones bien filmadas, (sobre todo la última, en la carretera), pero artísticamente se queda en el intento de ser humana. Al fin y al cabo, los terroristas también tienen sentimientos (parece que no así las víctimas de sus atentados, según la película, porque todos en ella son invisibilizados).

Paul Thomas Anderson fue premiado como mejor director por este filme, aunque no sea su mejor trabajo. Más bien se siente como un reconocimiento tardío (no vaya ser que se retire del cine o fallezca antes de tiempo, provocando una nueva vergüenza en la Academia). Algo similar a Martín Scorsese con Los infiltrados, frente a obras maestras como Taxi Driver, Toro salvaje o Buenos muchachos. De la misma forma, Anderson tiene grandes películas como Magnolia, Petróleo sangriento o El hilo fantasma. Todas ellas se ven mejor que esta inconclusa sátira de la violencia guerrillera.

Leonardo DiCaprio se ve casi risible en su papel de envejecido “terruco” cuya performance parece querer imitar la de Edward Norton en El club de la pelea, en su escape antes del enfrentamiento final. Benicio del Toro aparece con su típica expresión estándar de latino cínico, desilusionado y pícaro que ya vimos en Tráfico y Sicario. Sean Penn (ya mayor) es el típico militar de mente parametrada y racista que desprecia a todos los que tienen un pequeño rastro de mestizaje. Un personaje frío, patético y caricaturesco que evidencia la orientación política del guión, y su muerte lo deja en evidencia.

El abundante lenguaje grosero, las alusiones constantes a partes íntimas, felaciones, violaciones y paternidad irresponsable dejan en exhibición una galería de personajes inmaduros, cínicos, egoístas y carentes de consideración o inspiración. La película debería llamarse Una vicisitud tras otra, pues lo noble, épico y solidario brillan por su ausencia frente a lo puramente instintivo. Hasta la desastrosa Calabozos y dragones (2000) con su bufonesco Jeremy Irons tiene más idealismo frente a esta historia sucia y nada estimulante.

En otras palabras, Una batalla tras otra es producto de una época donde el cine de Hollywood, pese a toda su maquinaria multimillonaria, perdió su capacidad de conectar con los corazones de las audiencias y sólo persigue dinero o auto-reconocimientos. Eso es resultado de encorsetar la libertad creativa bajo reglas cuya consecuencia directa son más bien productos que hacen preguntarse por qué le dan el premio a filmes que el público no va a ver con entusiasmo. La misma pregunta se podría plantear a la hora de dar tantas nominaciones a pretenciosas y mugrientas historias de vampiros afroamericanos como es Los pecadores.

Al menos no todo está perdido: el agradecimiento de la premiada actriz Jesse Buckley y su aprecio por la maternidad junto a su esposo, y el premio a mejor actor para el talentoso Michael B. Jordan, el popular Adonis de Creed 1 y 2 (en la práctica Rocky 7 y 8) y Kilmonger en Pantera Negra, frente a Timothée Chalamet y su descarado desprecio por la ópera y el ballet, bien ironizado por el presentador Conan O'Brien y recordado por los fans de Tom “Spiderman” Holland danzando solos de ballet. ¡Ubícate, Paul Atreides!

martes, 10 de febrero de 2026

Bad Bunny y las setas venenosas



Mucho se habla de Bad Bunny y de su presentación en el Super Bowl 2026, un evento que le interesa más a los gringos que a los hispanos, pero en esta ocasión se le quiso dar un toque “latino” bailando salsa y mostrando banderitas de los países de habla hispana. Hasta ahí llega todo lo bueno, porque el principal representante de una industria decadente que sólo quiere tu plata empezó a “cantar” provocando curiosidad en los gringos y muerte de neuronas en sus fans.

Nunca imaginé escribir sobre este personaje y todo el revuelo mediático que generó tras recibir su Grammy al “mejor álbum del año” y presentarse posteriormente en el citado evento que mueve fortunas y es visto en vivo por más de dos millones de personas. Porque lo suyo no es música, es marketing. La industria musical lo presenta como ejemplo de “masculinidad no tóxica”, mientras sus canciones cosifican de manera descarada a la mujer, mientras balbucea delante de un micrófono para ser luego editado con abundante autotune. Y todo para que miles de jóvenes lo bailen mientras se pegan una bomba, inconscientes de los mensajes que transmiten sus composiciones. 

No voy a poder olvidar aquélla noche de 2023, cuando una fan quiso tomarse un selfie con él mientras caminaban y él le arrebató el celular y se lo arrojó al agua. Encima se declara anticapitalista, pero gran parte de sus millonarias inversiones están en un país capitalista. Al mismo tiempo, le sigue el relato a los del Partido Demócrata declarándose a favor de los indocumentados que entran en el país que le hace ganar millones de dólares, despotricando contra los agentes de ICE, sin importar lo cuestionables o no que sean sus métodos de detención, o los bloqueos a sus intervenciones llevados a cabo por activistas progresistas.

El hecho de que este boricua se vea acompañado de Ricky Martín o Lady Gaga, según mi interpretación, es para que los gringos lo conozcan y se animen a hablar algo de español, aunque nadie entienda los sonidos que salen de su boca. Me hace recordar a Cantinflas (salvando las grandes distancias) cuando actuó en la película “La vuelta al mundo en 80 días” (1956) acompañado por 44 estrellas de su tiempo (Frank Sinatra, Marlene Dietrich, Buster Keaton, Peter Lorre, entre otros) para ser lanzado a la fama en Estados Unidos, pero nunca más volvió a trabajar en Hollywood.

Ante todo esto es inevitable preguntarse “¿Qué te pasó, mundo?” después de oír una sola de sus canciones, cualquiera que se te venga a la mente. La industria que lo promueve sabe de psicología y sólo quiere tu dinero sin importarle los efectos que genera en el inconsciente colectivo: acosos, sexo irresponsable, violaciones, patanería, infidelidades, vulgaridad, malos modales, etc. Ni hablar de la nula calidad de su obra frente a titanes de la música comercial hispana como Luis Miguel, Jorge Drexler, Juanes, Gianmarco, entre otros.

Compararlo con la revolución mediática que impuso el rey del pop Michael Jackson en el Super Bowl de 1993, equivale a que un borracho acostumbrado a los piques compita contra Michael Schumacher. Así que, por favor, si quieres cultivar tu intelecto con la música, escucha a Mozart; si quieres tener buen oído comercial escucha a AC/DC; si quieres mover el trasero con una buena salsa escucha a Celia Cruz; y si quieres meditar en una iglesia escucha los cantos gregorianos. Porque escuchar a este “Conejito Malo” es como comer pizza con setas venenosas.